coloquial EPIFANIA NAVIDEÑA DEL NOVENTA Y TRES EN UN ARRABAL DE LA PROVINCIA

 

 

 

 

 

Junto al desencajado Círculo Social,

sardónicamente «Paraíso»,

llevo casi tres horas

leyendo Nadja de Breton 

de frente al radiotécnico.

El hombrecillo trueca

las piezas buenas por las malas

y finjo no advertir,

para tener alguna música decente

en esta Navidad.

 

Al fondo del patio,

entre los árboles más desabridos

que conjeturaría Santa Claus,

Roberto apisona los terrones

y siembra abrecamino para la buena suerte,

antes de irse a trocar

jabas de boniatos

por azúcar.

 

 

Sentada en un taurete,

inescrutable,

Reina tiene dolores

en los huesos

y no entiende por qué hay enfermedades

que perturban hasta a los rotativos. 

 

En la sala está Lily,

que llegó en la mañana de la beca

junto al poetastro de su novio

y ha terminado de escribir la última escena

de una obra de teatro

donde parodia el Hamlet.

 

Con su bastón de plástico

a Eduardo le faltan -y le sobran-

unos dientes,

pero ríe, 

después de que su cónyuge,

como el tórrido Empédocles,

trocó la insípida materia

por la piedad del fuego.

 

André Breton:g

no nos desampares esta noche,

aunque sea en la intimidad

de los candiles

 

y

ruega

por

nosotros,

que nos queremos tanto.