JUAN CRISTÓBAL NÁPOLES FAJARDO

(El Cucalambé)

(Las Tunas, 1829-Santiago de Cuba, 1861?)

Obra poética: Rumores del Hórmigo (1858); Poesías (1884).

 

MI HOGAR

 

A la orilla de un palmar

Que baña el fértil Cornito

A la sombra de un caimito

Tengo mi rústico hogar.

Esbelto como un pilar

Domina montes y llanos

El viento arrulla los guanos

De su bien hecha cobija,

Y esta habitación es hija

De mi ingenio y de mis manos.

 

Cuando la tormenta ruge

Cuando llueve y cuando truena,

Ella resiste serena

Del huracán el empuje.

Es su cumbrera de ocuje,

Sus llaves son de baría,

Sus viguetas de jatía

Y de guamá sus horcones:

Hay pocas habitaciones

Tan firmes como la mía.

 

-Con aites cerqué el redondo

Y no pequeño batey,

Donde un frondoso mamey

Florece y pare en el fondo.

En este asilo me escondo

Con mi madre y mis hermanos;

Siembro alegre con mis manos,

La feraz tierra que abono,

Amo a mi esposa y entono

Mis pobres “cantos cubanos”.

 

Desde rocas y lagunas,

Desde montes y sabanas,

Oigo vibrar las campanas

De la iglesia de Las Tunas.

Sin pesadumbres algunas,

Cuando acabo mi fajina,

Mi habitación peregrina

Bendigo una vez y dos,

Porque en ella canto a Dios,

A Cuba y a mi Rufina.

 

Bajo este pajizo techo,

Sobre este suelo precioso,

En mis horas de reposo,

Cuando alegre y satisfecho

Germinar siento en mi pecho

La dicha y la bienandanza,

Oigo el silbido que lanza

En el monte la cucuba

Y el porvenir de mi Cuba

Contemplo allá en lontananza.

 

Este es mi hogar, en él vivo,  

En él los minutos cuento

Sin que turbe mi contento

Ningún recuerdo aflictivo.

Tiene tan dulce atractivo

Este asilo para mí,

Que existo dichoso aquí

Cual vive el pez en el agua,

Como vive la tatagua

En la flor del serení.

 

Este es mi hogar, y auque en él

No hay relucientes tesoros,

De plumas de tocororos

Tengo en la puerta un dosel;

No luce aquí el oropel.

No brillan aquí diamantes,

Pero hay en sus habitantes

Hijos de raza cubana,

Paz, contento y fe cristiana

Y amor a los semejantes.

 

Aquí hay asientos de yaba,

Tinajas de guayacán,

Piñas, cocos, mechuacán

Y conservas de guayaba.

En ningún tiempo se acaba

La miel en mi colmenar,

Y para el gozo aumentar

En este pobre bohío,

Tiene rumores el río

Y murmullos el palmar.

 

Aquí al lado de mi esposa,

Junto a mi madre adorada,

Recuerdo la edad pasada

De mi patria esplendorosa.

Cuando arrulla la tojosa

En las ramas del jagüey,

Cuando el esbelto mamey

La blanca luna ilumina,

Le refiero a mi Rufina

Las glorias del siboney.

 

Aquí en sublime quietud,

Me halaga un hado propicio,

Detesto, aborrezco el vicio

E idolatro la virtud.

Alegre mi juventud

Paso sin penas ni daños,

Nunca temores extraños

Abaten mi pobre mente,

Y al cielo elevo mi frente

En lo mejor de mis años.

 

Amo a mi hogar, no me arredro

Amo a mi rústica joya,

Como adora la bayoya

La hueca raíz del cedro.

En él trabajo, en él medro,

En él cantando suspiro,

Y cuando del sol admiro

Los moribundos reflejos,

Me gozo oyendo a lo lejos

Las canciones del guajiro.

 

¡Oh mi hogar! Yo te saludo

Yo te ensalzo y te bendigo,

Porque en ti seguro abrigo

Hallar mi familia pudo.

Ojalá el destino crudo

Me niegue golpes impíos,

Y goce yo entre los míos

De vida apacible y larga,

Sin beber el “agua amarga

De los extranjeros ríos”.

 

 

GALAS DE CUBA

 

Cuba mi suelo querido,

Que desde niño adoré,

Siempre por ti suspiré

De dulce afecto rendido.

Por ti en el alma he sentido

Gratísima inspiración,

Disfruta mi corazón

Por ti dulcísimo encanto,

Y hoy te bendigo y te canto

De mi ruda lira al son.

 

Cuba, delicioso edén

Perfumado por tus flores,

“Quien no ha visto tus primores,

Ni vio luz, ni gozó bien”.

Con dulcísimo vaivén

Besan tus playas los mares,

Se columpian tus palmares,

Gime el viento dulcemente,

Y adornan tu regia frente

Blancos lirios y azahares.

 

Los nísperos que florecen

En las vegas de tus ríos,

Forman dulces murmuríos

Si al son del viento se mecen:

Te adornan y te embellecen

Montes y cañaverales,

Susurran tus caimitales,

Te cantan los ruiseñores

Y arrulladas son tus flores

Por las brisas tropicales.

 

En la provincia oriental

Bajo el cielo peregrino

Se eleva el monte Turquino,

Siempre verde y colosal.

Allí el alegre zorzal

Sobre las ramas saltando,

Ve en los peñascos rodando

Las flores que el viento quiebra

Y a tu ardiente sol celebra

Con su canto dulce y blando.

 

Tú tienes risueños prados

Y seductoras campiñas,

Dulces y fragantes piñas,

Aves raras y ganados.

En tus montes elevados

Se columpian las jocumas,

Y en las plateadas yagrumas

Que se elevan en el llano,

El tocororo cubano

Luce sus variadas plumas.

 

Tus cristalinos torrentes

Que entre flores se deslizan,

Tus praderas fertilizan

Con sus límpidas corrientes;

Hay a orillas de tus fuentes

Bellezas indescriptibles

Y allí los juncos flexibles

En la vernal estación

Besan las aguas al son

De los vientos apacibles.

 

Ostenta en ti el cocotero

Sus primorosos racimos,

Siendo sus frutos opimos

Envidia del extranjero.

Tus dagames en enero

Florecen siempre lozanos,

Mil primores soberanos

Tu faz de nácar destella,

Y eres “la tierra más bella

Que vieron ojos humanos”.

 

Las guajiras que entre flores

Nacen en tus campos bellos,

Tienen negros los cabellos

Y los ojos seductores:

Con sus gracias y primores

Son gratas cual la ambarina,

Donosas como una ondina,

Dotadas de ardientes almas,

Esbeltas como tus palmas,

Dulce como mi Rufina.

 

Son tus aguas exquisitas

Y regaladas tus frutas,

Y bellísimas las grutas

De las lomas de Cubitas.

Mil bellezas infinitas,

Hay en medio de tus montes,

Y a tus vastos horizontes

Espléndida luz colora,

Cuando al despuntar la aurora

Cantan tus pardos sinsontes.

 

Son risueñas tus marañas

Y tus bosques pintorescos,

Y tus cedros gigantescos

Se alzan sobre tus montañas.

Tus plátanos y tus cañas

Al caminante recrean,

Te adoran y te hermosean,

De tu alma son los destellos,

Y son azules y bellos

Los mares que te rodean.

 

Se elevan los yamaqueyes

En tus terrenos feraces,

Y se anidan las torcaces

En tus esbeltos mameyes:

Sobre tus altos jagüeyes

Se alzan las ceibas lozanas.

Ostentan las yuraguanas

Verdes pencas bulliciosas

Y son alegres y hermosas

Tus dilatadas sabanas.

 

Dichoso el que admira en ti

Tus praderas relucientes,

Tus ceibas y tus torrentes

Y tu cielo azul turquí.

Tú eres siempre la que a mí

Me inspira “cantos cubanos”,

La patria de mis hermanos,

Del Nuevo Mundo una estrella,

Y en fin “la tierra más bella

Que vieron ojos humanos”.

 


LA PRIMAVERA

 

Ya vino la primavera

Sobre nuestros campos bellos

Y el sol fulgurante en ellos

Fuertemente reverbera.

En la selva y la pradera

Cantan ya los ruiseñores,

Los zorzales trinadores

Alzan alegres el vuelo

Y ya se entapiza el suelo

De hierbas, plantas y flores.

 

Susurran los platanares

Al pausado son del viento

Y con blando movimiento

Se oyen murmurar los mares.

Ostentan ya los palmares

Verde pompa de esmeralda,

Y del cerro allá en la falda,

Para mayor hermosura,

El limpio arroyo murmura

Y el sol las peñas escalda.

 

Nubes de varios colores

De tarde en el firmamento,

Vagan a merced del viento

Formando dulces rumores,

Los humildes labradores

Siembran las tierras que abonan,

Sus cosechas amontonan,

Goza de dúlcidas calmas,

Y a al sombra de las palmas

Alegres trovas entonan.

 

Las guajiritas hermosas

Tan sencillas como ufanas,

Corren por esas sabanas

Detrás de las mariposas

De las flores más hermosas

Contemplan los ramos bellos,

Y mientras juegan con ellos

Y hacen preciosas guirnaldas,

En sus trigueñas espaldas

Lucen sus negros cabellos.

 

Ya sonríen nuestros prados,

Florece el guao en las costas

Y en las veredas angostas

Rebraman ya los ganados.

Ya los montes escarpados

Verdes y bellos se ven,

El Cauto undoso también

Un grato murmullo forma,

Y mi Cuba se transforma

En un delicioso edén.

 

Frutos ostentan las jaguas,

Los atejes y mameyes,

Reverdecen los jagüeyes

Y óyense crujir las yaguas.

Fuertes y copiosas aguas

Fertilizan los terrenos,

Cristalinos y serenos

Están ya los lagunatos,

Y de noche algunos ratos

Se escuchan lejanos truenos.

 

Todo seduce y encanta

Bajo nuestro sol ardiente,

Cuba hermosa y esplendente

Su regia frente levanta.

Vegeta la estéril planta

De la sabana en la orilla,

La pura atmósfera brilla,

Pare el corojo en las sierras,

Brotan flores de las tierras

De nuestra feraz Antilla.

 

Ya vendrán las noches bellas

En que después de un aguaje

No empañe ningún celaje

El fulgor de las estrellas.

Se escucharán las querellas

De las aves nocturnales,

Crujirán los colosales

Árboles del bosque umbrío,

Y oiremos crecido el río

Sonar en los pedregales.

 

También vendrán las mañanas

En que la neblina densa,

Extienda su capa inmensa

Sobre las verdes sabanas.

Las ceibas americanas

Se alzarán sobre los montes,

Los melodiosos sinsontes

Cantarán acá y allá

Y el sol iluminará

Los cubanos horizontes.

 

Yo recorreré cantando

Los terrenos que poseo,

Y de mi tiple el punteo

 Será delicioso y blando.

Subiré de vez en cuando

A la elevada colina,

Y la flor más peregrina

Sabré coger diligente,

Para engalanar la frente

De mi adorada Rufina.

 

¡Oh deliciosa estación!

¡Epoca de dulce encanto!

Yo te bendigo y te canto

De mi ruda lira al son.

Gratísima inspiración

Siento bullir en mi mente,

Al cielo elevo la frente,

Tus mil bellezas admiro

Y me gozo cuando aspiro

Tu fresco vernal ambiente.

 

 

EL AMANTE RENDIDO

 

Por la orilla floreciente

Que baña el río de Yara,

Donde dulce, fresca y clara

Se dibuja la corriente,

Donde brilla el sol ardiente

De nuestra abrazada zona

Y u cielo hermoso corona

La selva, el monte y el prado,

Iba un guajiro montado

Sobre una yegua trotona.

 

Joven, gallardo y buen mozo,

A su rostro esa ocasión

Daba lánguida expresión

Su negro y naciente bozo:

Un enorme calabozo

Puesto en el cinto llevaba

Y mientras que contemplaba

Los bellos ramos de flores,

Sus mal gozados amores

El infeliz recordaba.

 

Amaba a la bella Eliana

Con entusiasmo y ardor,

Y era esta joven la flor

Más preciosa de Vicana.

También la linda cubana

Con esa magia divina,

Lo amaba constante y fina

Con ese amor dulce y bueno

Que yo descubrí en el seno

De mi cándida Rufina.

 

La supo el guajiro amar

De mala idea desnudo,

Pero era pobre y no pudo

llevarla al pie del altar.

Por eso con gran pesar

Se alejaba de su lado,

Y al soportar resignado

Su profundo sentimiento,

Al compás del blando viento

Así cantaba angustiado:

 

“Hoy que la suerte me arroja

Del partido en que naciste

Y el desconsuelo más triste

Me apesadumbra y me enoja.

Hoy que fatal me acongoja

El rigor del hado impío,

Te consagro, dueño mío,

Mis más dulces pensamientos,

Y se pierden mis acentos

Entre las ondas del río.

 

“Me abrazaron de tus ojos

Los vivísimos destellos,

Porque son negros y bellos

Lo mismo que dos corojos;

Esclavo de tus antojos

Te adoré con frenesí

Y cuando amarte ofrecí

Con ardor inextinguible,

Fuiste a mi voz más sensible

Que el triste moriviví.

 

“Con tus pupilas serenas

Desvaneces mis agravios,

Y son más dulces tus labios

Que al miel de las colmenas.

¡Oh si supieras las penas

Que paso ausente de ti!

Suspiro ¡ay triste de mí!

Sollozo y nunca me alegro

Y es mi destino más negro

Que las alas del totí.

 

“Ni el rústico son del guiro,

Ni el son del tiple cubano,

Calman el dolor tirano

De tu infelice guajiro.

Por ti, sin cesar suspiro

Al emprender mi partida,

Por ti, mi prenda querida,

Dulce y bendita ilusión,

Llevo triste el corazón

Llevo el alma dolorida.

 

“Te quiero como al rocío

El lirio que mayo dora,

Y te adoro como adora

El pez las ondas del río;

Yo que he nacido, bien mío,

Entre cedros y jocumas,

Que bajo de las yagrumas

Adoré los ojos tuyos,

Te quiero cual los cocuyos

Quieren del monte las brumas.

 

“Pobre, muy pobre nací,

Merced a suerte eemiga,

Y esta desgracia me obliga

Asepararme de ti:

Mas el ser yo pobre así

No es cosa que me atormenta,

Porque tengo muy en cuenta,

Aunque mi suerte es reacia,

Que ser pobre es gran desgracia,

Pero no ninguna afrenta.

 

“Para volver a  tu lado,

Paloma de esta ribera,

En seca y en primavera

Trabajaré denodado:

Seré peón de ganado,

En Guisa seré veguero;

Para conseguir dinero

Será el trabajo mi ley,

Y hasta cortaré yarey

En Cauto el Embarcadero.

 

“¡Adiós! El cielo permita

Que un buen porvenir te halague

Y en tu pecho no se apague

La llama de amor bendita.

¡Adiós! Mi pecho palpita

Lleno de acerbos enojos,

De tus dulces labios rojos

El acento oír no puedo,

Me voy… pero esclavo quedo

En la lumbre de tus ojos.”

 

Así concluyó el guajiro

Su tristísimo canción

Ahogando en su corazón

El más amargo suspiro:

Del agua vio el blando giro,

Oyó el rumor de la brisa,

Melancólica sonrisa

A sus labios asomó

Y a todo escape tomó

El camino para Guisa.

 


HATUEY Y GUARINA

 

Con un cocuyo en la mano

Y un gran tabaco en la boca,

Un indio desde una roca

Miraba el cielo cubano.

La noche, el monte y el llano

Con su negro manto viste,

El viento alígero embiste

Tiemblan del monte las brumas

Y susurran las yagrumas

Mientras él suspira triste.

 

Lleva en la frente un plumaje

Morado como el cohombro,

Y el arco que tiene al hombro

Es de un vástago de aicuaje.

Aunque es un pobre salvaje

Y angustia cruel lo sofoca,

Desde aquella esbelta roca

Donde gime sin consuelo,

Los ojos fija en el cielo

Y a Dios con su ayuda invoca.

 

Oye el rumor de los vientos

En los atejes erguidos,

Oye muy fuertes crujidos

De los cedros corpulentos:

Oye los tristes acentos

Del guabairo en el corojo,

Y mientras su acerbo enojo

Reprime con gran valor,

Siente a sus pies el rumor

De las aguas del Cayojo.

 

Un silbido se escapó

De sus labios, y al momento,

Con pausado movimiento

Una indiana apareció.

Cuando a la roca subió

El indio ante ella se inclina,

Fue su frente peregrina

El imán de su embeleso,

Oyese el rumor de un beso

Y le dijo: -¡Adiós, Guarina!

 

-¡Oh! no, mi bien, no te vayas,

Dijo ella entre mil congojas,

Que tiemblo como las hojas

De las altas siguarayas.

Si abandonas estas playas

Si te separas de mí,

Lloraré angustiada aquí

Cuando tu nombre recuerde

Como el pitirre que pierde

Su nido en el ponasí.

 

¿Qué será de tu Guarina

Sin tu amor, sin tu ternura.

Flor del guaco en la espesura,

Plama triste en la colina,

Garza herida por la espina

Del yamaquey en la rama

Y cual la triste caguama

Que a los esteros se zumba,

Lloraré y será mi tumba,

La Ciénaga de Virama.

 

Oyó el indio enternecido

Tan triste lamentación,

Palpitó su corazón

Y se sintió conmovido.

Ahogó en su pecho un gemido

La viramesa infelice,

Y el indio que la bendice

Y más que nunca la adora,

Las blancas perlas que llora

Enjuga tierno y le dice:

 

-¡Oh Guarina! Ya revive

Mi provincia noble y bella,

Y pisar no debe en ella

Ningún infame caribe.

Tu ardiente amor no me prive,

Mi Guarina, de ir allá,

Latiendo mi pecho está

Y miss sentidos se inflaman,

Porque a su lado me llaman

Los indios de Guajapá.

 

Yo soy Hatuey, indio libre

Sobre tu tierra bendita,

Como el caguayo que habita

Debajo del ajengibre.

Deja que de nuevo vibre

Mi voz allá entre mi grey,

Que resuene en mi batey

El dulce son de mi guamo

Y acudan a mi reclamo

Y sepan que aún vive Hatuey.

 

¡Oh Guarina! ¡Guarra, guerra

Contra esa perversa raza,

Que hoy incendiar amenaza

Mi fértil y virgen tierra!

En el llano y en la sierra

En los montes y sabanas,

Esas huestes cariibanas

Sepan la quedar deshechas,

Lo que valen nuestras flechas,

Lo que son nuestras macanas.

 

Tolera y sufre, bien mío,

De tu fortuna e azar,

Pues también sufro al dejar

Las riberas de tu río.

Siento dejar tu bohío,

Silvestre flor de Virama,

Y aunque mi pecho te ama,

Tengo que ser ¡oh dolor!

Sordo a la voz del amor,

Porque la patria me llama.

 

Así dice aquel valiente,

Llora, suspira, se inclina,

Y a su preciosa Guarina,

Dio un beso en la tersa frente.

Beso de amor, beso ardiente,

Sublime, sonoro y blando.

Y ella con otro pagando

De su amante la terneza,

Alzó la negra cabeza

Y le dijo sollozando:

 

-Vete, pues, noble cacique,

Vete, valiente señor,

Pues no quiero que mi amor

A tu patria perjudique;

Mas deja que te suplique,

Como humilde esclava ahora,

Que si en vencer no demora

Tu valor, acá te vuelvas,

Porque en estas verdes selvas

Guarina vive y te adora.

 

-¡Sí! Volveré, ¡indiana mía!,

El indio le contestó,

Y otro beso le imprimió

Con dulce melancolía.

De ella al punto se desvía,

Marcha en busca de su grey,

Y cedro, palma y jagüey

Repiten en la colina,

El triste adiós de Guarina,

El dulce beso de Hatuey.

 

EL MAR DE MISERIAS

 

Convencidos como estamos,

Por razones harto serias,

De que es un mar de miserias

Este mundo que habitamos.

En este mar navegamos

Los hombres sin precaución

De que el furioso aquilón

Nuestra astucia menoscabe

Y destroce nuestra nave,

Velas, jarcias y timón.

 

Con alegre confianza

Batiendo vamos los remos

Y a la tormenta queremos

Que suceda la bonanza;

Nuestra estrella es la esperanza,

Nuestro Dios el interés,

Y ajenos de que un revés

De la suerte nos confunda,

No hay mundana barahúnda

Do no asentemos los pies.

 

En este revuelto mar

Que llamamos existencia,

Boga nuestra inteligencia

Con arrojo singular;

Busca el hombre sin cesar

Goces que su sed apaguen,

Y aunque a su placer lo halaguen

Mil contentos oportunos,

Poco se cuidan algunos

De que los otros naufraguen.

 

Corre aquí la débil barca

Del infeliz pordiosero,

Y el buque altivo y ligero

Del espléndido monarca:

Aquí fluctúa el patriarca,

Navega el que viste toga

Y el potentado que boga

En este inmenso océano

Nuca le tiende una mano

Al infeliz que se ahoga.

 

En este gran torbellino,

En aquesta inmensidad

De la Santa Caridad

El fruto es poco y mezquino.

Si la agita un remolino

Da más vueltas que una noria,

Recorriendo nuestra historia

Con dolor que nos aterra;

Que lo bueno rueda en tierra

Mientras se eleva la escoria.

 

Desdicha inmensa es por cierto

Que en el piélago mundano,

El infeliz busque en vano

Calma y ventura en el puerto.

Su rumbo siempre es incierto,

Su entusiasmo un disparate,

Y aunque a las olas combate

Con audacia la más loca,

Nunca falta alguna roca

Que su esquife desbarate.

 

¡Pobre de aquel que se lanza

A los mares de la vida

Sin que lleve más egida

Que una ilusoria esperanza!

La dicha ve en lontananza

Y con rumbo allá navega,

Mas la fortuna le niega

Su valiosa protección

Y rebrama el aquilón

Y a aquel sitio nunca llega.

 

De este mar en la ribera

Y del sol al resplandor,

Vemos brotar una flor

Fresca, grata y hechicera:

Juega la brisa ligera

Con su bello rosicler;

Es conjunto de placer

Y de suprema hermosura,

Y esta flor fragante y pura

Lleva el nombre de mujer.