27 de Noviembre, 2007, 11:01: Casa de AméricaGeneral

VIII Premio Casa de América de Poesía Americana

 

Fecha de inicio de la convocatoria: miércoles 5 de septiembre de 2007

 

Fecha de fin de la convocatoria: viernes 29 de febrero de 2008

 

VIII Premio Casa de América de Poesía Americana [79,54 kB]

 

Casa de América y Edictorial Visor Libros comparten la convicción de que la poesía es la más alta expresión artística y que en su cultivo y difusión radica una de las claves de la educación para la democracia. Más aún, en las fronteras de la palabra creadora se juega hoy el destino de la cultura misma como testimonio supremo de la aventura humana. Por ello, la convocatoria del VIII Premio Casa de América de Poesía Americana aspira a estimular la nueva escritura poética en el ámbito de las Américas, con especial atención a poemas que abran o exploren perspectivas inéditas y temáticas reno-vadoras.

 

BASES

A este premio podrán optar las obras que se ajusten a las siguientes bases:

1ª. Podrán concursar, autores nacionales de cualquiera de los países de América, con obras escritas en español, rigurosamente inéditas, que no se hayan presentado a otro premio y cuyos derechos no hayan sido cedidos a ningún editor en el mundo.

2ª. Los trabajos presentados a concurso deberán tener un mínimo de 300 versos y su tema será libre.

3ª Los trabajos deberán presentarse por triplicado y en la portada de los manuscritos se hará constar el título de la obra. Se adjuntará un sobre cerrado, que contendrá en su interior el nombre, la fotocopia del documento de identidad o acreditativo de la nacionalidad, la dirección y el teléfono del autor, así como un breve curriculum. En el anverso del sobre se consignará el título de la obra.

4ª Los trabajos deberán remitirse por triplicado a:

 

VIII Premio Casa de América de Poesía.

Casa de América,

Plaza de Cibeles, 2, 28014 Madrid, España.

 

No se aceptarán originales mal presentados o ilegibles,ni remitidos por correo electrónico.

5ª El plazo de admisión de originales finalizará el 29 de febrero de 2008. Se aceptarán los envíos que, con fecha postal dentro del término de la convocatoria, lleguen más tarde.

6ª El premio, dotado con seis mil euros (6.000 €) como anticipo de derechos de autor, incluye la publicación del libro ganador por la Editorial Visor Libros. La cuantía se entregará al ganador durante el acto de concesión del premio, junto con cincuenta ejemplares de la obra editada.

7ª El jurado estará compuesto por un representante de la Casa de América, un representante de Editorial Visor Libros y tres nombres acreditados de la poesía en español, además de un secretario designado por los organizadores, con voz pero sin voto. Los nombres de los miembros del jurado serán revelados durante el anuncio del fallo del premio.

8ª El anuncio del fallo del premio tendrá lugar en la sede de la Casa de América durante el mes de mayo de 2008 y será anunciado con la debida antelación.

9ª El jurado podrá declarar desierto el premio si, a su juicio, ninguna obra posee calidad para obtenerlo. El premio será indivisible.

10ª Los organizadores no mantendrán correspondencia acerca de los originales presentados y los trabajos que no se premien no serán devueltos. Estarán disponibles en la Casa de América hasta veinte días después del fallo del jurado, al término de los cuales serán destruidos.

11ª La participación en este premio implica la total aceptación de las presentes bases. Su interpretación o cualquier aspecto no previsto corresponde sólo al jurado.

Para cualquier información adicional relacionada con el premio, puede contactarse con la

Casa de América: www.casamerica.es o con Editorial Visor Libros: www.visor-libros.com.

Madrid, octubre 2007.

 

27 de Noviembre, 2007, 10:59: YeddoGeneral

coloquial EPIFANIA NAVIDEÑA DEL NOVENTA Y TRES EN UN ARRABAL DE LA PROVINCIA

 

 

 

 

 

Junto al desencajado Círculo Social,

sardónicamente «Paraíso»,

llevo casi tres horas

leyendo Nadja de Breton 

de frente al radiotécnico.

El hombrecillo trueca

las piezas buenas por las malas

y finjo no advertir,

para tener alguna música decente

en esta Navidad.

 

Al fondo del patio,

entre los árboles más desabridos

que conjeturaría Santa Claus,

Roberto apisona los terrones

y siembra abrecamino para la buena suerte,

antes de irse a trocar

jabas de boniatos

por azúcar.

 

 

Sentada en un taurete,

inescrutable,

Reina tiene dolores

en los huesos

y no entiende por qué hay enfermedades

que perturban hasta a los rotativos. 

 

En la sala está Lily,

que llegó en la mañana de la beca

junto al poetastro de su novio

y ha terminado de escribir la última escena

de una obra de teatro

donde parodia el Hamlet.

 

Con su bastón de plástico

a Eduardo le faltan -y le sobran-

unos dientes,

pero ríe, 

después de que su cónyuge,

como el tórrido Empédocles,

trocó la insípida materia

por la piedad del fuego.

 

André Breton:g

no nos desampares esta noche,

aunque sea en la intimidad

de los candiles

 

y

ruega

por

nosotros,

que nos queremos tanto.

 

 


27 de Noviembre, 2007, 10:56: Ronel GonzálezGeneral

NADA HA OCURRIDO

 

 

 

 

desde que Isidore Ducas­se, desesperado como un avispero bajo el humo, 

puso rodilla en tierra y musitó «¡Esta es la comarca más fermosa!»

¿o fue Pablo Picasso, el libertino, en su estación rosácea?

¿o Holderlin, el lúcido lunático vejando al monumento?

 

Mientras los múltiples perfiles de lo mega

terminen por nublar lo microhistórico

y se prolongue la roñosa selección de Charles Darwin,

quemaremos incienso, Lautréamont,

quemaremos incienso.

 

22 de Noviembre, 2007, 12:17: Ronel González SánchezGeneral

DE FIDEL CASTRO

 

Lo que salva es la estrella

si se vuelve tortuosa la ascensión al hervidero           al horno

y los puentes se desploman en fila india como láminas

del desequilibrio. Lo trascendente no es la trayectoria

que el proyectil despliega, sino el encontronazo con la fronda

encimándose, la vibración cósmica que desvía milimétricamente

al proyectil, antes de desaparecer entre los árboles;

y el océano, el milagroso ámbito que socava los riscos,

aislando la belleza desgarradora del ceremonial.

 

La implosión del átomo es

lo que nos inquieta, no la nebulosa de áridos

invocada en el envés de la errancia lucífuga.

 

Es el hondor que sobrecoge          es el hondor

edificante sobre los muros extenuados por las aguas

y el vértigo, en empecinada marcha lenta.

 

Quién dijo levedad     transtierro       efímero

cantar de gesta entre las bambalinas

del gran teatro universal.

 

Lo que salva es la estrella.

 

La Aduana, 19-21 noviembre 2007.

8 de Noviembre, 2007, 11:30: Juan Cristóbal Nápoles FajardoGeneral

JUAN CRISTÓBAL NÁPOLES FAJARDO

(El Cucalambé)

(Las Tunas, 1829-Santiago de Cuba, 1861?)

Obra poética: Rumores del Hórmigo (1858); Poesías (1884).

 

MI HOGAR

 

A la orilla de un palmar

Que baña el fértil Cornito

A la sombra de un caimito

Tengo mi rústico hogar.

Esbelto como un pilar

Domina montes y llanos

El viento arrulla los guanos

De su bien hecha cobija,

Y esta habitación es hija

De mi ingenio y de mis manos.

 

Cuando la tormenta ruge

Cuando llueve y cuando truena,

Ella resiste serena

Del huracán el empuje.

Es su cumbrera de ocuje,

Sus llaves son de baría,

Sus viguetas de jatía

Y de guamá sus horcones:

Hay pocas habitaciones

Tan firmes como la mía.

 

-Con aites cerqué el redondo

Y no pequeño batey,

Donde un frondoso mamey

Florece y pare en el fondo.

En este asilo me escondo

Con mi madre y mis hermanos;

Siembro alegre con mis manos,

La feraz tierra que abono,

Amo a mi esposa y entono

Mis pobres “cantos cubanos”.

 

Desde rocas y lagunas,

Desde montes y sabanas,

Oigo vibrar las campanas

De la iglesia de Las Tunas.

Sin pesadumbres algunas,

Cuando acabo mi fajina,

Mi habitación peregrina

Bendigo una vez y dos,

Porque en ella canto a Dios,

A Cuba y a mi Rufina.

 

Bajo este pajizo techo,

Sobre este suelo precioso,

En mis horas de reposo,

Cuando alegre y satisfecho

Germinar siento en mi pecho

La dicha y la bienandanza,

Oigo el silbido que lanza

En el monte la cucuba

Y el porvenir de mi Cuba

Contemplo allá en lontananza.

 

Este es mi hogar, en él vivo,  

En él los minutos cuento

Sin que turbe mi contento

Ningún recuerdo aflictivo.

Tiene tan dulce atractivo

Este asilo para mí,

Que existo dichoso aquí

Cual vive el pez en el agua,

Como vive la tatagua

En la flor del serení.

 

Este es mi hogar, y auque en él

No hay relucientes tesoros,

De plumas de tocororos

Tengo en la puerta un dosel;

No luce aquí el oropel.

No brillan aquí diamantes,

Pero hay en sus habitantes

Hijos de raza cubana,

Paz, contento y fe cristiana

Y amor a los semejantes.

 

Aquí hay asientos de yaba,

Tinajas de guayacán,

Piñas, cocos, mechuacán

Y conservas de guayaba.

En ningún tiempo se acaba

La miel en mi colmenar,

Y para el gozo aumentar

En este pobre bohío,

Tiene rumores el río

Y murmullos el palmar.

 

Aquí al lado de mi esposa,

Junto a mi madre adorada,

Recuerdo la edad pasada

De mi patria esplendorosa.

Cuando arrulla la tojosa

En las ramas del jagüey,

Cuando el esbelto mamey

La blanca luna ilumina,

Le refiero a mi Rufina

Las glorias del siboney.

 

Aquí en sublime quietud,

Me halaga un hado propicio,

Detesto, aborrezco el vicio

E idolatro la virtud.

Alegre mi juventud

Paso sin penas ni daños,

Nunca temores extraños

Abaten mi pobre mente,

Y al cielo elevo mi frente

En lo mejor de mis años.

 

Amo a mi hogar, no me arredro

Amo a mi rústica joya,

Como adora la bayoya

La hueca raíz del cedro.

En él trabajo, en él medro,

En él cantando suspiro,

Y cuando del sol admiro

Los moribundos reflejos,

Me gozo oyendo a lo lejos

Las canciones del guajiro.

 

¡Oh mi hogar! Yo te saludo

Yo te ensalzo y te bendigo,

Porque en ti seguro abrigo

Hallar mi familia pudo.

Ojalá el destino crudo

Me niegue golpes impíos,

Y goce yo entre los míos

De vida apacible y larga,

Sin beber el “agua amarga

De los extranjeros ríos”.

 

 

GALAS DE CUBA

 

Cuba mi suelo querido,

Que desde niño adoré,

Siempre por ti suspiré

De dulce afecto rendido.

Por ti en el alma he sentido

Gratísima inspiración,

Disfruta mi corazón

Por ti dulcísimo encanto,

Y hoy te bendigo y te canto

De mi ruda lira al son.

 

Cuba, delicioso edén

Perfumado por tus flores,

“Quien no ha visto tus primores,

Ni vio luz, ni gozó bien”.

Con dulcísimo vaivén

Besan tus playas los mares,

Se columpian tus palmares,

Gime el viento dulcemente,

Y adornan tu regia frente

Blancos lirios y azahares.

 

Los nísperos que florecen

En las vegas de tus ríos,

Forman dulces murmuríos

Si al son del viento se mecen:

Te adornan y te embellecen

Montes y cañaverales,

Susurran tus caimitales,

Te cantan los ruiseñores

Y arrulladas son tus flores

Por las brisas tropicales.

 

En la provincia oriental

Bajo el cielo peregrino

Se eleva el monte Turquino,

Siempre verde y colosal.

Allí el alegre zorzal

Sobre las ramas saltando,

Ve en los peñascos rodando

Las flores que el viento quiebra

Y a tu ardiente sol celebra

Con su canto dulce y blando.

 

Tú tienes risueños prados

Y seductoras campiñas,

Dulces y fragantes piñas,

Aves raras y ganados.

En tus montes elevados

Se columpian las jocumas,

Y en las plateadas yagrumas

Que se elevan en el llano,

El tocororo cubano

Luce sus variadas plumas.

 

Tus cristalinos torrentes

Que entre flores se deslizan,

Tus praderas fertilizan

Con sus límpidas corrientes;

Hay a orillas de tus fuentes

Bellezas indescriptibles

Y allí los juncos flexibles

En la vernal estación

Besan las aguas al son

De los vientos apacibles.

 

Ostenta en ti el cocotero

Sus primorosos racimos,

Siendo sus frutos opimos

Envidia del extranjero.

Tus dagames en enero

Florecen siempre lozanos,

Mil primores soberanos

Tu faz de nácar destella,

Y eres “la tierra más bella

Que vieron ojos humanos”.

 

Las guajiras que entre flores

Nacen en tus campos bellos,

Tienen negros los cabellos

Y los ojos seductores:

Con sus gracias y primores

Son gratas cual la ambarina,

Donosas como una ondina,

Dotadas de ardientes almas,

Esbeltas como tus palmas,

Dulce como mi Rufina.

 

Son tus aguas exquisitas

Y regaladas tus frutas,

Y bellísimas las grutas

De las lomas de Cubitas.

Mil bellezas infinitas,

Hay en medio de tus montes,

Y a tus vastos horizontes

Espléndida luz colora,

Cuando al despuntar la aurora

Cantan tus pardos sinsontes.

 

Son risueñas tus marañas

Y tus bosques pintorescos,

Y tus cedros gigantescos

Se alzan sobre tus montañas.

Tus plátanos y tus cañas

Al caminante recrean,

Te adoran y te hermosean,

De tu alma son los destellos,

Y son azules y bellos

Los mares que te rodean.

 

Se elevan los yamaqueyes

En tus terrenos feraces,

Y se anidan las torcaces

En tus esbeltos mameyes:

Sobre tus altos jagüeyes

Se alzan las ceibas lozanas.

Ostentan las yuraguanas

Verdes pencas bulliciosas

Y son alegres y hermosas

Tus dilatadas sabanas.

 

Dichoso el que admira en ti

Tus praderas relucientes,

Tus ceibas y tus torrentes

Y tu cielo azul turquí.

Tú eres siempre la que a mí

Me inspira “cantos cubanos”,

La patria de mis hermanos,

Del Nuevo Mundo una estrella,

Y en fin “la tierra más bella

Que vieron ojos humanos”.

 


LA PRIMAVERA

 

Ya vino la primavera

Sobre nuestros campos bellos

Y el sol fulgurante en ellos

Fuertemente reverbera.

En la selva y la pradera

Cantan ya los ruiseñores,

Los zorzales trinadores

Alzan alegres el vuelo

Y ya se entapiza el suelo

De hierbas, plantas y flores.

 

Susurran los platanares

Al pausado son del viento

Y con blando movimiento

Se oyen murmurar los mares.

Ostentan ya los palmares

Verde pompa de esmeralda,

Y del cerro allá en la falda,

Para mayor hermosura,

El limpio arroyo murmura

Y el sol las peñas escalda.

 

Nubes de varios colores

De tarde en el firmamento,

Vagan a merced del viento

Formando dulces rumores,

Los humildes labradores

Siembran las tierras que abonan,

Sus cosechas amontonan,

Goza de dúlcidas calmas,

Y a al sombra de las palmas

Alegres trovas entonan.

 

Las guajiritas hermosas

Tan sencillas como ufanas,

Corren por esas sabanas

Detrás de las mariposas

De las flores más hermosas

Contemplan los ramos bellos,

Y mientras juegan con ellos

Y hacen preciosas guirnaldas,

En sus trigueñas espaldas

Lucen sus negros cabellos.

 

Ya sonríen nuestros prados,

Florece el guao en las costas

Y en las veredas angostas

Rebraman ya los ganados.

Ya los montes escarpados

Verdes y bellos se ven,

El Cauto undoso también

Un grato murmullo forma,

Y mi Cuba se transforma

En un delicioso edén.

 

Frutos ostentan las jaguas,

Los atejes y mameyes,

Reverdecen los jagüeyes

Y óyense crujir las yaguas.

Fuertes y copiosas aguas

Fertilizan los terrenos,

Cristalinos y serenos

Están ya los lagunatos,

Y de noche algunos ratos

Se escuchan lejanos truenos.

 

Todo seduce y encanta

Bajo nuestro sol ardiente,

Cuba hermosa y esplendente

Su regia frente levanta.

Vegeta la estéril planta

De la sabana en la orilla,

La pura atmósfera brilla,

Pare el corojo en las sierras,

Brotan flores de las tierras

De nuestra feraz Antilla.

 

Ya vendrán las noches bellas

En que después de un aguaje

No empañe ningún celaje

El fulgor de las estrellas.

Se escucharán las querellas

De las aves nocturnales,

Crujirán los colosales

Árboles del bosque umbrío,

Y oiremos crecido el río

Sonar en los pedregales.

 

También vendrán las mañanas

En que la neblina densa,

Extienda su capa inmensa

Sobre las verdes sabanas.

Las ceibas americanas

Se alzarán sobre los montes,

Los melodiosos sinsontes

Cantarán acá y allá

Y el sol iluminará

Los cubanos horizontes.

 

Yo recorreré cantando

Los terrenos que poseo,

Y de mi tiple el punteo

 Será delicioso y blando.

Subiré de vez en cuando

A la elevada colina,

Y la flor más peregrina

Sabré coger diligente,

Para engalanar la frente

De mi adorada Rufina.

 

¡Oh deliciosa estación!

¡Epoca de dulce encanto!

Yo te bendigo y te canto

De mi ruda lira al son.

Gratísima inspiración

Siento bullir en mi mente,

Al cielo elevo la frente,

Tus mil bellezas admiro

Y me gozo cuando aspiro

Tu fresco vernal ambiente.

 

 

EL AMANTE RENDIDO

 

Por la orilla floreciente

Que baña el río de Yara,

Donde dulce, fresca y clara

Se dibuja la corriente,

Donde brilla el sol ardiente

De nuestra abrazada zona

Y u cielo hermoso corona

La selva, el monte y el prado,

Iba un guajiro montado

Sobre una yegua trotona.

 

Joven, gallardo y buen mozo,

A su rostro esa ocasión

Daba lánguida expresión

Su negro y naciente bozo:

Un enorme calabozo

Puesto en el cinto llevaba

Y mientras que contemplaba

Los bellos ramos de flores,

Sus mal gozados amores

El infeliz recordaba.

 

Amaba a la bella Eliana

Con entusiasmo y ardor,

Y era esta joven la flor

Más preciosa de Vicana.

También la linda cubana

Con esa magia divina,

Lo amaba constante y fina

Con ese amor dulce y bueno

Que yo descubrí en el seno

De mi cándida Rufina.

 

La supo el guajiro amar

De mala idea desnudo,

Pero era pobre y no pudo

llevarla al pie del altar.

Por eso con gran pesar

Se alejaba de su lado,

Y al soportar resignado

Su profundo sentimiento,

Al compás del blando viento

Así cantaba angustiado:

 

“Hoy que la suerte me arroja

Del partido en que naciste

Y el desconsuelo más triste

Me apesadumbra y me enoja.

Hoy que fatal me acongoja

El rigor del hado impío,

Te consagro, dueño mío,

Mis más dulces pensamientos,

Y se pierden mis acentos

Entre las ondas del río.

 

“Me abrazaron de tus ojos

Los vivísimos destellos,

Porque son negros y bellos

Lo mismo que dos corojos;

Esclavo de tus antojos

Te adoré con frenesí

Y cuando amarte ofrecí

Con ardor inextinguible,

Fuiste a mi voz más sensible

Que el triste moriviví.

 

“Con tus pupilas serenas

Desvaneces mis agravios,

Y son más dulces tus labios

Que al miel de las colmenas.

¡Oh si supieras las penas

Que paso ausente de ti!

Suspiro ¡ay triste de mí!

Sollozo y nunca me alegro

Y es mi destino más negro

Que las alas del totí.

 

“Ni el rústico son del guiro,

Ni el son del tiple cubano,

Calman el dolor tirano

De tu infelice guajiro.

Por ti, sin cesar suspiro

Al emprender mi partida,

Por ti, mi prenda querida,

Dulce y bendita ilusión,

Llevo triste el corazón

Llevo el alma dolorida.

 

“Te quiero como al rocío

El lirio que mayo dora,

Y te adoro como adora

El pez las ondas del río;

Yo que he nacido, bien mío,

Entre cedros y jocumas,

Que bajo de las yagrumas

Adoré los ojos tuyos,

Te quiero cual los cocuyos

Quieren del monte las brumas.

 

“Pobre, muy pobre nací,

Merced a suerte eemiga,

Y esta desgracia me obliga

Asepararme de ti:

Mas el ser yo pobre así

No es cosa que me atormenta,

Porque tengo muy en cuenta,

Aunque mi suerte es reacia,

Que ser pobre es gran desgracia,

Pero no ninguna afrenta.

 

“Para volver a  tu lado,

Paloma de esta ribera,

En seca y en primavera

Trabajaré denodado:

Seré peón de ganado,

En Guisa seré veguero;

Para conseguir dinero

Será el trabajo mi ley,

Y hasta cortaré yarey

En Cauto el Embarcadero.

 

“¡Adiós! El cielo permita

Que un buen porvenir te halague

Y en tu pecho no se apague

La llama de amor bendita.

¡Adiós! Mi pecho palpita

Lleno de acerbos enojos,

De tus dulces labios rojos

El acento oír no puedo,

Me voy… pero esclavo quedo

En la lumbre de tus ojos.”

 

Así concluyó el guajiro

Su tristísimo canción

Ahogando en su corazón

El más amargo suspiro:

Del agua vio el blando giro,

Oyó el rumor de la brisa,

Melancólica sonrisa

A sus labios asomó

Y a todo escape tomó

El camino para Guisa.

 


HATUEY Y GUARINA

 

Con un cocuyo en la mano

Y un gran tabaco en la boca,

Un indio desde una roca

Miraba el cielo cubano.

La noche, el monte y el llano

Con su negro manto viste,

El viento alígero embiste

Tiemblan del monte las brumas

Y susurran las yagrumas

Mientras él suspira triste.

 

Lleva en la frente un plumaje

Morado como el cohombro,

Y el arco que tiene al hombro

Es de un vástago de aicuaje.

Aunque es un pobre salvaje

Y angustia cruel lo sofoca,

Desde aquella esbelta roca

Donde gime sin consuelo,

Los ojos fija en el cielo

Y a Dios con su ayuda invoca.

 

Oye el rumor de los vientos

En los atejes erguidos,

Oye muy fuertes crujidos

De los cedros corpulentos:

Oye los tristes acentos

Del guabairo en el corojo,

Y mientras su acerbo enojo

Reprime con gran valor,

Siente a sus pies el rumor

De las aguas del Cayojo.

 

Un silbido se escapó

De sus labios, y al momento,

Con pausado movimiento

Una indiana apareció.

Cuando a la roca subió

El indio ante ella se inclina,

Fue su frente peregrina

El imán de su embeleso,

Oyese el rumor de un beso

Y le dijo: -¡Adiós, Guarina!

 

-¡Oh! no, mi bien, no te vayas,

Dijo ella entre mil congojas,

Que tiemblo como las hojas

De las altas siguarayas.

Si abandonas estas playas

Si te separas de mí,

Lloraré angustiada aquí

Cuando tu nombre recuerde

Como el pitirre que pierde

Su nido en el ponasí.

 

¿Qué será de tu Guarina

Sin tu amor, sin tu ternura.

Flor del guaco en la espesura,

Plama triste en la colina,

Garza herida por la espina

Del yamaquey en la rama

Y cual la triste caguama

Que a los esteros se zumba,

Lloraré y será mi tumba,

La Ciénaga de Virama.

 

Oyó el indio enternecido

Tan triste lamentación,

Palpitó su corazón

Y se sintió conmovido.

Ahogó en su pecho un gemido

La viramesa infelice,

Y el indio que la bendice

Y más que nunca la adora,

Las blancas perlas que llora

Enjuga tierno y le dice:

 

-¡Oh Guarina! Ya revive

Mi provincia noble y bella,

Y pisar no debe en ella

Ningún infame caribe.

Tu ardiente amor no me prive,

Mi Guarina, de ir allá,

Latiendo mi pecho está

Y miss sentidos se inflaman,

Porque a su lado me llaman

Los indios de Guajapá.

 

Yo soy Hatuey, indio libre

Sobre tu tierra bendita,

Como el caguayo que habita

Debajo del ajengibre.

Deja que de nuevo vibre

Mi voz allá entre mi grey,

Que resuene en mi batey

El dulce son de mi guamo

Y acudan a mi reclamo

Y sepan que aún vive Hatuey.

 

¡Oh Guarina! ¡Guarra, guerra

Contra esa perversa raza,

Que hoy incendiar amenaza

Mi fértil y virgen tierra!

En el llano y en la sierra

En los montes y sabanas,

Esas huestes cariibanas

Sepan la quedar deshechas,

Lo que valen nuestras flechas,

Lo que son nuestras macanas.

 

Tolera y sufre, bien mío,

De tu fortuna e azar,

Pues también sufro al dejar

Las riberas de tu río.

Siento dejar tu bohío,

Silvestre flor de Virama,

Y aunque mi pecho te ama,

Tengo que ser ¡oh dolor!

Sordo a la voz del amor,

Porque la patria me llama.

 

Así dice aquel valiente,

Llora, suspira, se inclina,

Y a su preciosa Guarina,

Dio un beso en la tersa frente.

Beso de amor, beso ardiente,

Sublime, sonoro y blando.

Y ella con otro pagando

De su amante la terneza,

Alzó la negra cabeza

Y le dijo sollozando:

 

-Vete, pues, noble cacique,

Vete, valiente señor,

Pues no quiero que mi amor

A tu patria perjudique;

Mas deja que te suplique,

Como humilde esclava ahora,

Que si en vencer no demora

Tu valor, acá te vuelvas,

Porque en estas verdes selvas

Guarina vive y te adora.

 

-¡Sí! Volveré, ¡indiana mía!,

El indio le contestó,

Y otro beso le imprimió

Con dulce melancolía.

De ella al punto se desvía,

Marcha en busca de su grey,

Y cedro, palma y jagüey

Repiten en la colina,

El triste adiós de Guarina,

El dulce beso de Hatuey.

 

EL MAR DE MISERIAS

 

Convencidos como estamos,

Por razones harto serias,

De que es un mar de miserias

Este mundo que habitamos.

En este mar navegamos

Los hombres sin precaución

De que el furioso aquilón

Nuestra astucia menoscabe

Y destroce nuestra nave,

Velas, jarcias y timón.

 

Con alegre confianza

Batiendo vamos los remos

Y a la tormenta queremos

Que suceda la bonanza;

Nuestra estrella es la esperanza,

Nuestro Dios el interés,

Y ajenos de que un revés

De la suerte nos confunda,

No hay mundana barahúnda

Do no asentemos los pies.

 

En este revuelto mar

Que llamamos existencia,

Boga nuestra inteligencia

Con arrojo singular;

Busca el hombre sin cesar

Goces que su sed apaguen,

Y aunque a su placer lo halaguen

Mil contentos oportunos,

Poco se cuidan algunos

De que los otros naufraguen.

 

Corre aquí la débil barca

Del infeliz pordiosero,

Y el buque altivo y ligero

Del espléndido monarca:

Aquí fluctúa el patriarca,

Navega el que viste toga

Y el potentado que boga

En este inmenso océano

Nuca le tiende una mano

Al infeliz que se ahoga.

 

En este gran torbellino,

En aquesta inmensidad

De la Santa Caridad

El fruto es poco y mezquino.

Si la agita un remolino

Da más vueltas que una noria,

Recorriendo nuestra historia

Con dolor que nos aterra;

Que lo bueno rueda en tierra

Mientras se eleva la escoria.

 

Desdicha inmensa es por cierto

Que en el piélago mundano,

El infeliz busque en vano

Calma y ventura en el puerto.

Su rumbo siempre es incierto,

Su entusiasmo un disparate,

Y aunque a las olas combate

Con audacia la más loca,

Nunca falta alguna roca

Que su esquife desbarate.

 

¡Pobre de aquel que se lanza

A los mares de la vida

Sin que lleve más egida

Que una ilusoria esperanza!

La dicha ve en lontananza

Y con rumbo allá navega,

Mas la fortuna le niega

Su valiosa protección

Y rebrama el aquilón

Y a aquel sitio nunca llega.

 

De este mar en la ribera

Y del sol al resplandor,

Vemos brotar una flor

Fresca, grata y hechicera:

Juega la brisa ligera

Con su bello rosicler;

Es conjunto de placer

Y de suprema hermosura,

Y esta flor fragante y pura

Lleva el nombre de mujer.

 

Esta linda flor que crece

En el mar de la existencia,

Que vierte dúlcida esencia

Y a quien el sol embellece,

Sobre su tallo se mece

Gallarda como ella sola,

Mas pobre de su corola

Y de su forma lozana

Si el mar la envuelve mañana

En alguna negra ola.

 

Pobre de ella, si al bramar

De la furiosa tormenta,

De mil placeres sedienta

Se lanza al revuelto mar.

Fastidiada de remar,

Abatida y sin aliento

Perderá su grato intento

De llegar a la otra orilla

Y quedará su barquilla

A merced del raudo viento.

 

¡Ay entonces de la flor

Gala y ornato del mundo,

Si la arroja al mar profundo

Del vendaval el furor!

Mustia, sin brillo ni olor

Lamentará su fortuna,

Y sin esperanza alguna

De mitigar sus congojas,

Sus descoloridas hojas

Irá perdiendo una a una.

 

Y al fin deshojada y triste

Por el fuerte vendaval

Ningún dichoso mortal

Se acuerda de que ella existe.

Inútilmente resiste

A la tormenta irritada

Y náufraga desdichada

Sin ver la luz de un fanal,

Muere allá en el litoral

De todo el mundo olvidada.

 

De este mar allá en la orilla

Cuyo primor nos encanta,

Se alza también una planta…

Pero una planta amarilla.

Aunque el sol sobre ella brilla,

Pobre y humilde vegeta;

Su amargura no interpreta

Ningún viajero feliz,

Y es esta planta infeliz

El desdichado poeta.

El poeta, el que divaga

En pos de gloria y laurel,

Y con su pobre bajel

En revuelto mar naufraga.

Ningún porvenir le halaga,

Ningún bien le regocija,

Su innata ambición es hija

De la más noble ansiedad,

Mas nadie tiene piedad,

De su amargura prolija.

 

Pobre, desdichado y triste,

Errante y meditabundo,

Con desconsuelo profundo

De crespón su lira viste.

Como un atleta resiste

Del infortunio al rigor,

Y cantando el cruel dolor

Que a su corazón asalta

Le felicidad le falta,

Pero le sobra el valor.

 

Este valor lo acredita

Su noble serenidad,

Cuando negra tempestad

Al golfo lo precipita.

Feroz tormenta se agita

En derredor de su sien,

Y aunque su horrible vaivén

Su ardiente entusiasmo enerva,

El se alza y todo lo observa

Con verdadero desdén.

 

¿Más de qué sirve el valor

Al peta desdichado

Si en este mar agitado

En vano implora favor?

Alzando triste clamor

Ve su esperanza frustrada,

Y oyendo una carcajada

Hija del vil egoísmo,

Se sumerge en el abismo

Insondable de la nada.

 

¡Oh mundo! Mar extendido

Donde hay tantos que navegan

E indiferentes le niegan

Protección al desvalido.

Continúa embravecido,

Arrastra mil banderolas,

Que yo admirándote a solas

Con un entusiasmo extremo

A ti me lanzo y no temo

Que me envuelvas en tus olas.

 

8 de Noviembre, 2007, 11:26: Carlos Galindo LenaGeneral
CARLOS GALINDO LENA

(Caibarién, Villa Clara, 1929-Santa Clara, 200)

Obra poética: Ser en el tiempo (1962); Hablo de tierra conocida (1964); Mortal como una  paloma en pleno vuelo (1988); Rosas blancas para el Apocalipsis (1991); Siempre es bueno recordar a Tebas (1994); Últimos pasajeros en la nave de Dios (1996);  Aun nos queda la noche (2001); Vientos de cuaresma (2001).

 

 


POEMA ENCONTRADO SOBRE UN MURO I

 

 

Qué hacer si he perdido las llaves y estoy solo.

Por los techos de la noche oigo los pasos de un

              animal salvaje.

Gimen los árboles bajo el peso de unas formas

que sirven para clasificar los astros.

Afuera es otoño y alguien llora.

Alguien que conoce el peso de su llanto.

Enmudece la habitación en la que antaño ardía

            una lámpara de vida.

Yo estoy solo.

Las llaves se han perdido.

Y en las manos surge una flor súbita de sangre.

Padre, oh padre mío, diez primaveras han pasado

sin que el mantel fuera quitado de la mesa.

El pan junto a la jarra

           y el cuchillo junto a las flores de papel.

Nadie osa decapitar esas flores de antaño,

ni el rostro alucinante que se pudre en su marco.

Las cortinas aún conservan la forma de su llanto.

Pero qué hacer ahora, padre, qué hacer,

        si he perdido las llaves estoy solo.

Todas las puertas se han cerrado definitivamente,

y el carcelero torpe grita de pie junto a los muros:

“El que ha quedado afuera que se pudra.”

Es otoño y alguien flora.

El carcelero arroja las llaves al pozo de la noche.

 

TACITA DECLARACION DE AMOR     

 

Con la magnificencia de un crepúsculo

puesto a morir en las arenas,

así era tu cuerpo aquella tarde

de mi resurrección.

Sabía que tu piel daría a mi piel

el encanto de la soledad,

y que tus ojos, libres de la

condición divina,

me ayudarían a encontrar

los pozos execrables de la desesperación.

No en vano hemos vivido

junto a las alas muertas

de los  pájaros marinos,

exótica prolongación de tu belleza.

Dulzura de una edad

en que la razón, tan pequeñita,

es obnubilada por la música del alma.

Y lo perecedero se amontona a nuestros pies

como un suburbio de la inmortalidad.

Hemos escuchado juntos a Vivaldi

para renacer frente a la ignominia.

Hemos cantado el himno unánime de la verdad

entre las piedras del poniente,

en la pequeña parroquia que da al mar.

Dios nos libre de la sangre inocente

que no se derramará

como en la noche de san Bartolomé.

Ya la música de la compasión

comienza  a vivificar

nuestros cuerpos desnudos.

Lo que más me sorprende

en esta edad agobiante

es la falta de pudor entre los hombres.

 

Enero 1988

 

DESDE EL MIRADOR

 

Topes de Collantes

 

Tu rostro emerge de esos cedros

que se consuelan a la luz de la luna.

¿Quién puede evitar que su presencia nos devuelva

               a la vida?

¿Quién puede evitar que las cavernas se conviertan

              en nuestra fortaleza

nos inclinemos a rezar

por todos los que desafían la tormenta?

La pradera se incendia con el trotar de los caballos

             que huyen de la noche

en que decapitaron a todas las criaturas inocentes.

El mirador nos devolvía la imagen

de ese pequeño puerto calcinado por el sol

donde también hay hombres que aman, sueñan

           y transitan diariamente

por los angostos caminos de la vida.


Atrapados entre el salitre y el profundo sudor

              de la montaña

cumplen su itinerario de amor desconocido

y reciben a Dios cuando en el alba

abren sus puertas al olvido.

 

 

SIGLO XX

 

Sus pies estaban descalzos,

como en las visitaciones del señor.

El pecho herido y tan confuso,

como un cielo que se creara

en medio del desastre.

La desesperación tallaba

en mármol su cabeza altiva.

Toda su humanidad cabía

en la pequeña hoja del almendro.

Y en medio del furor aconteció

el milagro.

Una lágrima terca,

rota,

obstinada, totalmente obligada

por la cólera,

o tal vez por la inocencia,

saliendo de sus ojos, nos devolvió,

miembro a miembro,

gota a gota,

toda su humanidad perdida

en el combate.

Bastó hermanos esa lágrima

para darnos toda la dimensión de

su ternura.

Ay, la guerra es tan infame como la amarga

soledad del hombre.

 

Agosto, 1985

 

UTOPIAS

 

Yo era entonces un niño cargado de utopías

las estrellas me indicaban un camino de luz

intransitable y soñé siempre

acercarme hasta la piel de dios.

Yo era entonces un niño cargado

de utopías que pensaba que todos los hombres

               eran como Aliosha

y que el mundo era ya como un anticipo del eterno

paraíso. Yo sigo siendo el niño cargado de utopías;

lo único que ha crecido en mí es tu amor.

 

VIENTOS DE CUARESMA

 

Los vientos soplan desde el alma hacia

                 las cumbres,

no mengue jamás ese deseo del ver el rostro

de dios en la cuaresma

porque es como si el mundo

quisiera renacer de los escombros del pasado.

Ese brutal viento de cuaresma

me clava en el madero

donde el espíritu demanda para siempre

y ya no sirve para morir, resucitar,

todo se quema entre las paredes del corazón

              del hombre.

 

Final

 

Está lloviendo sobre ti y sobre mí

y sobre todos los abismos de la tierra.

Esta lluvia borrará nuestra inocencia,

y tal vez nuestra memoria.

No sé, porque es solidaria y tenaz

como la muerte,

y como ella predice los

fantasmas del hombre,

y llega interminable y casta

a sus dominios.

Pero la muerte como la lluvia

no borra nada

y deja intacto al hombre.

Sólo establece un veredicto:

si fue bueno crece como la luz

en los abismos,

si fue malo,

regresará al polvo mortal de donde vino.

 

 


Quedará de tu ser lo que has ganado…

 

Quedará de tu ser lo que has ganado:

la multitud de amor frente a la noche.

No hay espacio vital para el reproche

aunque se pierda el sol de lo allegado.

 

Cuando el camino ha sido transitado

con pie de abismo a flor, sin un derroche,

queda la esencia de la luz,  la noche.

Vuelve a su ser el ser de lo logrado.

 

Y florece el espacio, el tiempo cede,

vive en la eternidad del que te nombra

y que a nacer de ti forja su estrella.

 

No ves que el hombre tonto que te agrede

no se resuelve en luz, queda en la sombra

y al fin crece y renace de tu huella.

 

 

SIEMPRE ES BUENO RECORDAR A TEBAS

 

Siempre es bueno recordar a Tebas.

Eteocles no supo distinguir nunca entre la rúbrica

                     de un pájaro en el cielo

y la muerte de un héroe.

Señales siempre existen en el polvo de las

                    sandalias del vencido.

Porque hay una sangre que no debe ser

                     derramada a pesar del deseo de los dioses:

la sangre del hermano debe correr libre entre la

                    primavera, el tiempo y la esperanza.

No era la hora de dejar insepultos a los muertos

y Antífona vistió a Polinice con los aromas más

                   sutiles de la tierra.

Mas yo, un hombre de su tierra y de su tiempo,

                  no sabe aún dónde está al tumba de la madre.

Por las lágrimas de Antífona sabremos dónde

                  está enterrada Polinice,

porque siempre los sensibles mueren en la séptima

                 puerta.

Pero ¿no es acaso esa la puerta del Paraíso?

Oh dioses, decidme: ¿Eteocles o Polinice?

A mí, oh Antígona, un pedazo de mar me separa

                del último abrazo de la madre,

pero siempre ha sido así para que se cumplan

               las nuevas y las viejas profecías.

En la cruz murió el hombre un día por el furor

              y el odio de las almas.

Pero decidme: qué emblema, qué sol, qué cielo

             puede amparar al que se entrega con las

             manos atadas

o con el corazón ebrio de amor.

Polinice retorna para morir en la séptima puerta.

Yo, hermanos míos, muero porque un pedazo de

            mar me separa

del último abrazo de la madre.

Sabed que sufro cuando el Corifeo entona su

           canto de piedad

y Antífona toca con sus manos purísimas el sol.

¿Es así como los muertos entierran a sus muertos?

 

SAGRADA ESTIRPE

       

Quién ha vaciado, oh Patria, tu espíritu

           tu inocencia, tu poder,

tu amor consagrado siempre a la libertad

           del hombre

¿Quién es tan sabio que puede comprender tu

           corazón de imagen,

tu inventario de sueños,

el fracaso de tu estirpe sagrada?

Oh no, sigue tu diálogo feroz y triste con tus

           muertos

y atiende sólo a la eterna voz de tus dioses.

Yo no sé cuándo, oh Patria, descansará tu corazón

Tu Elegguá travieso te lama niña arrodillada

           frente al mar

pero yo te llamo sufrida portadora de un tiempo

           inexistente,

de una raza inexistente,

de una verdad y un sueño inexistentes,

pero en ti, oh Patria, todo devienen en virtudes,

en sabia esperanza,

aún cuando Caín y Abel vive eternamente sus

                querellas,

sin comprender siquiera

que están totalmente ganados por la muerte.

Oh virtud de los que aman,

tu esencia es hoy la imagen invertida de Dios,

porque te traiciona la sangre de los hijos

que no amaron ni aman tu verdad.

 

 

 

 


 

8 de Noviembre, 2007, 11:24: Fayad JamísGeneral

FAYAD JAMIS

(Zacatecas, México, 1930-La Habana, 1988)

Obra poética: Brújula (1949); Alumbran. Seco sábado (1954); Los párpados y el polvo (1954); Vagabundo del alba (1959); Cuatro poemas en China (l962); Por esta libertad (1962 y 1977); La pedrada (1962); Los puentes (l962); La victoria de Playa Girón (1964); Cuerpos (1966) ; Abrí la verja de hierro (1973); La pedrada (antología, 1981); Poesía (1990); Entre la muerte y el alba (1994); Historia de un hombre (1995).

 

 

 


SI ABRO

 

                       A Gilberto Ramírez, maestro, en México

 

Si abro esa puerta nada se fugará.

Todas las cosas volverán, serán de nuevo ellas en el cuarto encendido;

todas las cosas viejas y sucias, revueltas bajo el polvo.

La luz trae zumbidos, aguas que despiertan.

El viento hincha, estremece las tablas, los libros,

me hiere a mí que contemplo miedoso.

Miedoso, sí. Me asustan ciertas visitas diurnas,

ciertos pasos de mediodía muerto entre esplendores.

Miedoso. Mi familia está lejos. No voy a abrir la puerta.

Tengo mucho miedo.

Aquí en lo oscuro, en lo cerrado.

Pero ¿cómo serán ciertas estas cosas? Parecen hundidas, hundirse.

Me miran. ¿Cómo serán ciertas?

Algunas brillan, a pesar de todo: parecen bellas así, sin que la puerta

      se abra.

Ese muñeco es bello, vive; busca las manos gruesas de su padre, feliz

      en Ciudad México.

Ese cuchillo alumbra como nunca: su filo está dividiendo los temores

y el fuego de esta espesa vida.

No abriré, no, no abro; tengo miedo

de que algo imprevisto salte y se confunda entre las cosas que no

      amo.


CUERPO DEL DELFÍN

 

A José Lezama Lima

 

En el palacio de la memoria, en el humo del cuerpo,

una palpitación extraña, un remoto aleteo:

la sombra roja de un delfín entra suavemente.

¿Qué importa la marca del arpón?

¿Qué importa si el nombre del barco es “Little Fish” o

                        “Cheval”?

¿Qué importa el rostro encendido del arponero?

¿Qué importa un delfín muriéndose en la memoria?

Nada. Un delfín muerto no importa nada, lo mismo que una

                        hormiga.

El delfín y la hormiga son realmente dos monstruos, pero

                        no importan nada.

Sin embargo, yo veo ahora un muro y escucho una ciudad;

y ahora  veo una ciudad y escucho un muro.

Y pienso que sí importa la muerte de un delfín, porque su

           aleteo es cada vez menos remoto en mi memoria.

Pero el delfín no acaba de morir y yo siento que me pierdo

y que mi pérdida es menos bella y menos perceptible que

           la muerte de una hormiga.

En el jadeo de las aguas, en la incesante eclosión de las

           verdosas aguas,

¿qué cuerpo es más durable que la espuma?,

¿qué arrecife salta más arriba que la espuma?,

¿qué templo es más inmóvil que el templo de la espuma?

La ciudad está aquí, el mar está aquí,

tú y yo estamos aquí, entre e mar y la ciudad,

miedosos del mar y la ciudad,

amando el mar y la ciudad

y olvidando el mar y la ciudad por temernos y amarnos y

                 olvidarnos a nosotros mismos.

¿Me oyes?, ¿me conoces?, ¿estás viva?

Mi cuerpo vacío habla para un cuerpo vacío.

Yo soy un caracol, una piedra, un simple cuerpo vacío que

                 habla sobre el muro

para otro cuerpo vacío que duerme sobre el muro.

Y las olas estrellándose,   y la noche estrellándose,

¿qué son sino brillos deshabitados, hielo y sal sobre el muro?

Oh cuerpo de mi cuerpo, qué lejos, imposible, la roca

                 henchida de la espuma,

el opulento, inmortal, blanco muro.

 

Un ave transparente, gimiendo, allá arriba construye un

                nuevo mar,

entre la vieja ciudad y el viejo mar,

encima de nuestros cuerpos y del muro.

En el pequeño mar, ¿no habrá hundimientos?,

¿no habrá delfines?

Hay el hermoso templo de la espuma, que dorándose

transfigura tu rostro, oh cuerpo de mi cuerpo.

¿Qué cosa hay más hermosa que una niña de vidrio,

inmóvil, distraída, callada bajo un velo de oro,

bajo el ave transparente de la eternidad?

En el pequeño mar un áureo delfín juega,

su música mueve tus cabellos;

(yo no recuerdo nada, no espero nada;

sueño de siglo en siglo mientras tu sombra brilla y reposa

                  sobre el muro.

En tu inmovilidad, eres más áurea y giras con más gracia

                  que el delfín allá, en lo alto.

Despierta, entre los dos ha venido a posarse el ave

                  transparente.

¿Qué busca?

Nosotros somos simplemente dos cuerpos vacíos que sueñan

                 sobre el muro.

¿Habrá venido para construir otro mar entre tu sueño y mi

                 sueño?

Mira: desaparece; su cristal se quiebra mientras tú parpadeas.

¿Adónde el ave de cristal, adónde el ave de eternidad?

Escucha, niña mía, cuerpo mío: nos llaman;

de la ciudad nos llaman, ¿serán destruidos?,

nuestros cuerpos, ¿serán destruidos?

 

Como el ave me miras, como la eternidad al lado mío

                fulguras.

Oh, mi niña, mi cuerpo, mi ave transparente,

¿quién enciende nuestros nombres en la ciudad y en las

                aguas?

Yo siento que me gasto, que mi sombra se quiebra, que olvido.

 

Ruidos que no hace el viento, rostros que ni el mar ni la

               memoria crean.

Todo queda muy cerca;

los barcos que se borran, las torres de la ciudad se reducen

como una llovizna, como un polvo soplado por destrucciones.

Y la noche y las aguas estrellándose.

Oh memoria, ¿por qué le abres al monstruo tu palacio?

Yo no sé lanzar el arpón, ni tengo arpón,

ni quiero que el velo rojizo de la muerte cubra ningún cuerpo.

¿Y huir?, ¿huir?, ¿huir?

Oh en el tiempo no se huye, no queda ninguna chispa lejos

                 de este humo.

Nadie está más allá ni más acá del centro.

El mismo temblor que platea las aguas llena mi memoria

y funde mi cuerpo con el viento y con el muro.

Si el moribundo delfín conquistara su muerte,

si el ardiente delfín escamara de pronto,

¿por cuántos años olvidaría sus ojos más grandes y mis ojos?

Pero la muerte duerme y el herido delfín y yo nos contemplamos

                resignadamente.

Cuerpo mío, niña mía, oh ave,

¿qué soy sino tu sombra medida y coloreada por la sangre?

Para tu luz inmóvil, ¿qué es ayer, qué mañana?

¿Miras? Ni la nube ni el barco se deslizan,

ni la nube y el barco sumergen sus cenicientos vientres.

Ave mía, ¿me miras?

Yo soy un árbol rojo sobre el muro.

Allí la fría ciudad, allí las frías aguas; y entre la fría ciudad

                   y las frías aguas,

entre los días y los días,

tu dorado cristal, tu sueño inmóvil, tu silencio.

Y mi cuerpo de árbol, mi crujido de árbol, mi paciencia de

                   árbol,

frente a tu hielo

Pero tú no me oyes, y yo quiero dormir:

quiero soñar que un furioso delfín rompe de pronto tu sueño,

                  eternidad.

EL AHORCADO DEL CAFÉ BONAPARTE

 

 

A Pablo Armando Fernández

 

Para no conocer los abismos del humo

para no tragarse los periódicos de la tarde

para no usar unos espejuelos cubiertos de sangre o telaraña

El que estaba sentado en un rincón lejos de los espejos

tomándose una taza de café no yendo el tocadiscos

sino el ruido de la pobre llovizna

El que estaba sentado en un rincón lejos de los relámpagos

lejos de los leones morados de todas las guerras

hizo un cordón con una hoja de papel

en la que estaban escritos el nombre del Papa el nombre

                del Presidente

y otros dos mil nombres Ilustres

y a vista de todos los presentes

se colgó del sombrero que brillaba sobre su cabeza

El patrón del café salió bajo su capa negra en busca de

               un policía

Armstrong cantaba sin cesar la luna había aparecido

como una gata furiosa en un tejado

Tres borrachos daban puñetazos en el mostrador

y el ahorcado después de mecerse dulcemente un

              cuarto de hora

con su voz muy lejana

comenzó a pronunciar un hermoso discurso:

“Maintenant je suis pendu dans le Bona”

La lluvia es el cuarzo de mi miseria

Los políticos roen mi bastón

Si no me hubiera ahorcado moriría

de esa extraña enfermedad

que sufren los que no comen

En mi bolsillo traigo cartas estrujadas

que me escribí yo mismo

para engañar mi soledad

Mi garganta estaba llena de silencio

ahora está llena de muerte”

 

“Estoy enamorado de la mujer que guarda las llaves de

                       la noche

Ella se ha mirado en mis ojos sin saber quién he sido

Ahora lo sabrá leyendo mi historia de hollín en los

                       periódicos

Sabrá que me llamaba Louis Krizek

ciudadano del corazón de los hombres libres

heredero de la ceniza del amanecer

He vivido como un fantasma

entre fantasmas que viven como hombres

He vivido sin odio y sen mentira

en un mundo de jueces y de sombras

La tierra en que nací no era mía

y tampoco el aire en que reposo

Tan sólo he poseído la libertad

es decir el derecho a sufrir a errar

a ser este cuerpo frío

colgado como un fruto

entre los que cantan y ríen

entre una playa de  cerveza

y un templo edificado para adorar el miedo

La mujer que guarda las llaves de la noche

Sabrá que me llamaba Louis Krizek

y que cojeaba un poco y que la amaba

Sabrá que ahora no estoy solo que conmigo

va a desaparecer un viejo mundo

definitivamente borrado por el alba

Así  como la nieve a veces aplasta

las flores del cerezo

la muerte ha aplastado mi voz”

 

Cuando el patrón volvió con un policía de lata y azufre

el ahorcado del Café Bonaparte

ya no era más que el humo tembloroso del cigarro

bajo el sombrero

sobre una taza con restos de café.

8 de Noviembre, 2007, 11:23: Roberto Fernández RetamarGeneral

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

(La Habana, 1930)

Obra poética: Elegía como un himno (1950,  1999);  Patrias (1952);   Alabanzas, conversaciones  (1951- 1955) (1955); Aquellas poesías (1958); Vuelta de la antigua esperanza (1959);  En su lugar, la poesía (1959,  1961);  Con las mismas manos 1949- 1962 ( 1962);  Historia antigua (1964, 1971);  Poesía reunida (1948-1965) (1966); Que veremos arder  (1970);  Cuaderno paralelo (1973);  Mi hija mayor va a Buenos Aires (1993);  Cuando un poeta muere (1994); Una salva de porvenir (1995);    Aquí (1995,  1996, 2000);  Recuerdo a (1998);   La poesía, reino autónomo (2000); Concierto para la mano izquierda (2001); En la España de la eñe (2001);  Décimas por un tomeguín (2001).


FELICES LOS NORMALES

 

 

Felices los normales, esos seres extraños.

Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho,

                  un hijo delincuente,

una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,

los que no han sido calcinados por un amor

                                            devorante,

Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa

  y un poco más.

Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,

los satisfechos, los gordos, los lindos,

los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,

los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,

los flautistas acompañados por ratones,

los vendedores y sus compradores,

los caballeros ligeramente sobrehumanos,

los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,

los delicados, los sensatos, los finos,

los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.

Felices las aves, el estiércol, las piedras.

 

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,

las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan

y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos

que sus padres y más delincuentes que sus hijos

y más devorados por amores calcinantes.

Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

 

¿Y FERNANDEZ?

 

 

A los otros Karamasof

 

 

Ahora entra aquí él, para mi propia sorpresa.

Yo fui su hijo preferido, y estoy seguro de que mis hermanos.

Que saben que fue así, no tomarán a mal que yo lo afirme.

De todas maneras, su preferencia fue por lo menos equitativa.

A Manolo, de niño, le dijo, señalándome a mí

(me parece ver la mesa del café. Los Castellanos

Donde estábamos sentados, y las sillas de madera oscura,

Y el bar al fondo, con el gran espejo, y el botellerío.

Como ahora. Sólo encuentro de tiempo en tiempo en películas

                    viejas):

«Tu hermano saca las mejores notas, peor el más inteligente

                     eres tú.»

Después, tiempo después, le dijo, siempre señalándome a mí:

«Tu hermano escribe las poesías, pero tú eres el poeta.»

En ambos casos tenía razón, desde luego,

Pero qué manera tan rara de preferir.

 

No lo mató el hígado (había bebido tanto: pero fue su hermano

                    Pedro quien enfermó del hígado),

Sino el pulmón, donde el cáncer le creció dicen que por haber

                    fumado sin reposo.

Y la verdad es que apenas puedo recordarlo sin un cigarro en los

                    dedos que se le volvieron amarillentos,

Los largos dedos en la mano que ahora es la mía.

Incluso en el hospital, moribundo, robaba que le encendieran u

                   cigarro.

Sólo un momento. Sólo por un momento.

Y se lo encendíamos. Ya daba igual.

 

Su principal amante tenía nombre de heroína shakesperiana,

Aquel nombre que no se podía pronunciar en mi casa.

Pero ahí terminaba (según creo) el parentesco con el Bardo.

En cualquier caso, su verdadera mujer (no su esposa, ni desde

                    luego su señora)

Fue mi madre. Cuando ella salió de la anestesia, después de la

                   operación de la que moriría,

No era él, sino yo quien estaba a su lado.

Pero ella, apenas abrió los ojos, preguntó con la lengua pastosa: «Y

                   Fernández?»

Ya no recuerdo qué le dije. Fui al teléfono más próximo y lo

                   llamé.

 

El, que había tenido valor para todo, no lo tuvo para separarse

                   de ella ni para esperar a que se terminara aquella

                   operación.

Estaba en la casa, solo, seguramente dando esos largos paseos

                   de una punta a otra

Que yo me conozco bien, porque yo los doy; seguramente

                    Buscando

Con mano temblorosa algo de beber, registrando

A ver si daba con la pequeña pistola de cachas de nácar que

                    mamá le escondió, y de todas maneras

Nunca la hubiera usado para eso.

Le dije que mamá había salido bien, que había preguntado por

                  él, que viniera.

Llegó azorado rápido y despacio. Todavía era mi padre, pero al

                  mismo tiempo

Ya se había ido convirtiendo en mi hijo.

mamá murió poco después, la valiente heroína.

Y él comenzó a morirse como el personaje shakesperiano que sí

                  fue.

Como un raro, un viejo, un conmovedor Romeo de provincia

(Pero también Romeo fue un provinciano).

Pero aquel trueno, toda la vida perdió sentido. Su novia

De la casa de huéspedes ya no existía, aquella trigueñita

A la que asustaba caminando por el alero cuando el ciclón del 26;

La muchacha con la que pasó la luna de miel en un hotelito de

                 Belascoaín,

Y ella tembló y lo besó y le dio hijos

Sin perder el pudor del primer día;

Con la que se les murió el mayor de ellos, «el niño» para siempre,

Cuando la huelga de médicos del 34;

La que estudió con él las oposiciones, y cuyo cabello negrísimo

                se cubrió de canas,

Pero no el corazón, que se encendía contra las injusticias,

Contra Machado, contra Batista; la que saludó la Revolución

Con ojos encendidos y puros, y bajó a la tierra

Envuelta en la bandera cubana de su escuelita del Cerro, la

                escuelita pública de hembras

Pareja a la de varones en la que su hermano Alfonso era

condiscípulo de Rubén Martínez Villena;

La que no fumaba ni bebía ni era glamorosa ni parecía una estrella

                 de cine,

Porque era una estrella de verdad;

La que, mientras lavaba en el lavadero de piedra,

Hacía una enorme espuma, y poemas y canciones que improvisaba

Llenando a sus hijos de una arar mezcla de admiración y de

                 orgullo, y también de vergüenza,

Porque las demás mamás que ellos conocían no eran así

(Ellos ignoraban aún que toda madre es como ni ninguna, que toda

                 madre,

Según dijo Martí, debiera llamarse Maravilla).

Y aquel trueno empezó a apagarse como una vela.

Se quedaba sentado en la sala de la casa que se había vuelto

                enorme.

Las jaulas de pájaros estaban vacías. Las matas del patio se

                fueron secando.

Los periódicos y las revistas se amontonaban. Los libros se quedaban

                sin leer.

A veces hablaba con nosotros, sus hijos,

Y nos contaba algo de sus modestas aventuras,

Como si no fuéramos sus hijos, sino esos amigotes suyos

Que ya no existían, y con quienes se reunía a beber, a conspirar,

                a recitar,

En cafés y bares que ya no existían tampoco.

 

En vísperas de su muerte, leí al fin El Conde de Montecristo,

               junto al mar.  

Y pensaba que lo leía con los ojos de él,

En el comedor del sombrío colegio de curas

Donde consumió su infancia de huérfano, sin más alegría

Que leer libros como ése, que tanto me comentó.

Así quiso ser él fuera del cautiverio: justiciero (más que vengativo)

               y gallardo.

Con algunas riquezas (que no tuvo, porque fue honrado como un

               rayo de sol,

E incluso se hizo famoso porque renunció una vez a un cargo

               cuando supo que había que robar en él).

Con algunos amores (que sí tuvo, afortunadamente, aunque no

               siempre le resultara bien al fin),

Rebelde, pintoresco y retórico como el conde, o quizás mejor

Como un mosquetero. No sé. Vivió la literatura, como vivió las

               ideas, las palabras,

Con una autenticidad que sobrecoge.

Y fue valiente, muy valiente, frente a policías y ladrones,

Frente a hipócritas y falsarios y asesinos.

Casi en las últimas horas, me pidió que le secase el sudor de

               la cara.

Tomé la toalla y lo hice, pero entonces vi

Que le estaba secando las lágrimas. El no dijo nada.

Tenía un dolor insoportable y se estaba muriendo. Pero el conde

Sólo me pidió, gallardo mosquetero de ochenta o noventa libras,

Que por favor le secase el sudor de la cara.

 

 

      

       

   


 

8 de Noviembre, 2007, 11:20: Antonio José PonteGeneral

 

ANTONIO JOSÉ PONTE
(1964)

Obra: Trece poemas (1987); Asiento en las ruinas (1997).


CON UBALDO EN CASA DE IVÁN: APUNTES PARA EL POEMA

 

 

 

Es el halcón del aire.

 

La flota de plata hundiéndose en la bahía

crea esta luz como no habremos visto otra.

Árboles, campanarios, con el mismo paisaje

hemos vuelto de Rusia o de la siesta.

 

desde la poesía si no me creen otro lugar.

Memoria de la provincia, provincia de la memoria.

La poesía es el halcón del aire, la flota que se hunde:

cetrería y naufragio.

 

Tomamos té a la rusa. Nuestros rostros

crean en la ventana esta luz como no habremos visto otra.

Si pegunto para qué estamos vivos esta tarde

me arropan como a quien ha escapado de la guerra,

me arroparán hasta la noche en que la delación me alcance.

 

El sol sobre la carretera, entre los árboles.

Uno promete que nos alcanzará en su bicicleta

pero ha pasado el tiempo.

Ningún adolescente cruzará diciéndonos adiós

perdiéndose en las calles.

La casa se convierte en una mancha pequeña tras los árboles.

La poesía puede ser una provincia atroz.


DISCURSOS DEL DÍA DEL JUICIO

 

 

 

Yo, un oscuro cartero pedaleando, siento que así sucede.
Hoy Día del Juicio se va a acabar el tiempo.
Pedaleo por las ciudades, salgo al campo
entro en los pueblos de una sola calle
y estos seres que dejan
sus sopas para abrirme las puertas
ponen la misma cara en todas partes.
Los que se salvan, los que se hunden
tiene el mismo rostro de adiós a todo esto.

Estábamos tan bien, dicen, con esta sopa
de lunes martes miércoles y viernes
tan bien con nuestros perros orinando en el piso
con el trabajo que abandonaríamos la próxima semana,
que nos apena recibir esta noticia.
Así que este es el Día Final aparentemente como los otros
un día lluvioso en uno de los meses de lluvia que trae el año.
En adelante no habrá días de invierno
ni tardes de verano
ni noche oscura bajo las estrellas.
Un año más y seríamos dioses.

Había de ser domingo y que lloviese.
Todos los ángeles nos ven salir con nuestras capas
se mueven en sus sillas, sonríen:
pobres los hombres tratando de acabar limpios de fango
secos de lluvia,
alcanzando a un cartero para contarle que se ha equivocado:
no son culpables, no son santos.

Hoy es un día en una estación en que abundan las lluvias
se enfría la sopa
los perros pelean con los gatos,
mañana tiene que ser un día más.

8 de Noviembre, 2007, 11:19: Luis Manuel Pérez BoitelGeneral

 

Luis Manuel Pérez Boitel

(Remedios, Villa Clara, 1969)

Obra poética: Unidos por el agua (1998); Bajo el signo del otro (2000); Los inciertos dominios del escriba (2001); Oración del inquilino (2002); Aún nos pertenece el otoño (2002); Para no quedar en el andén (2003); No pidas el perdón (2004); Ciudades del invierno (2005); Antes que la noche acabe. Antología personal (2005).

 


Tríptico para cuando mi padre diga adiós y yo no sea más que un paradero necesario entre la soledad y el hombre

 

 

Lo cierto es que, cuando vimos partir al amigo, fue como

volver a tener seis años apretados entre los párpados

y quedarse sin padre sabiendo que aunque lejos e

impronunciable, él seguía existiendo.

                                                       NELSON SIMÓN

 

 

I

toca en el cielo la noche

un rostro entra por la casa sin techo

mi padre mira el infinito donde aguardan

los príncipes y duendes de entonces

alucino manteniéndome sereno como si hubiera

entrada la propia imagen

su rostro esquelético con olor a tierra

vuela entre el espacio vacío

mi hermana está con mal humor

no quiere saber de estas cosas

miro el reloj que entre telas de araña vegeta

papá se quita los guantes y no duerme

se escucha un relincho

alguien prepara un café con leche

mi padre dice adiós entre la madrugada y el día

abuelo duerme

y en el reflejo de la imagen de papá

lo sigo con un caballo de tripas y tejidos

estoy cerca le hablo

mi voz toca el cielo

perforando el silencio de la noche

 

II

 

papá se va a morir y él no lo sabe

apenas su sonrisa guardaré en la inmediatez

de la casa

y lo veo disimulado corriendo los sillones

intranquilo

recordando su infancia ante el espejo

porque él nunca fue un héroe para contar

los triunfos

papá se va a morir y tirará el sombrero

tras la próxima noche

aunque desconozco la llave exacta

de su regreso

para que vuelva a dibujar el techo

de barro y vigilia

rogar detrás de la puerta

con la esperanza de verlo aparecer

mientras el traje no me importa

voy a dibujar su nombre para que no diga adiós

porque nadie puso llaves a las puertas

ni lo vio con su camisa blanca de domingo

y almidón que le gustaba

papá se va a morir y él no lo sabe


III

 

en esta soledad de antaño llevo el equipaje

por descubrir la ausencia me di a la fuga

traté de borrar el pasado

pero me fue prohibido

aun cuando prefiera aquella navidad

donde aplaudía

y era yo feliz como una embarcación

en pleno viaje

pero la muerte tiene su sed y debe saciarla

entre los goznes del cuerpo

también descubro escaras

cuando la vida es un salto nada más

para dejar los recuerdos

fotos y poemas que nadie encontrará como él

porque fui un loco ante la gente

un paradero necesario entre la soledad

y el hombre

ya nada es tan real

en la casa quién se confabulará

con mi adolescencia

quién prenderá el fuego

hacia donde irán estos años

estos caprichos que no son más que golpes

porque en realidad mi padre ya no está

y he quedado solo

yo que había probado la sal

el agua y la penumbra

no encuentro el sendero

no encuentro la razón que justifique la muerte

el final y lo demás

aquí donde lo demás es realmente imposible